Mes: enero 2011

10 pesos.

El subte de la ciudad de Buenos Aires es el teletienda versión metro. Aparecen los vendedores más variopintos vendiendo lo más insospechado.

Un hombre, grande, corpulento y barrigón en bermudas entra con un radiocasete a todo volumen sobre el hombro y pregona: “¡Grandes éxitos ochentosos! Lo mejor del rock. Un sidí con más de 100 cansiones inolvidábles” De fondo suena un random que muestra 10 segundos de cada canción: Every breath you take… Voyage, voyage… Forever young, I wanna be… “Y este sidí con 100 cansiones en mp3 por sólo 10 pesos” Al final añade que también tiene recopilaciones de soul, música romántica, reggaeton, tango…

Un muchacho flaco y veloz entra con una caja de lo que parecen grapadoras. “Les traigo hoy la fabulosa máquina de coser de viaje, les voy a haser una demostrasión para que la vean. Pregunten sin compromiso de compra” Entonces saca un pedazo de tela de vaquero y, mientras explica el sencillo funcionamiento de la maquinita, la cose a sí misma y tira fuerte para que veamos que el invento es fiable. “Las tenemos todas revisadas y en perfecto funsionamiento y cuestan sólo 10 pesos”

Una señora dulce y de lento caminar trae una caja llena de paquetes de calcetines y nos deposita a cada pasajero uno en las piernas. “Medias deportivas, el paquete de 5 sólo por 10 pesos”

Un señor con bigote y camisa desabrochada en honor a una selva de pelo en pecho enseña fundas para cámara digitales que “el precio de mercado, los que tienen cámara saben muy bien, es de 100 pesos, pero hoy, en exclusiva, lo pueden ustedes adquirir por 10 pesos”

Cuando vengáis a Buenos Aires, dado lo caro que está todo, lo mejor es que os hagáis la ruta del subte y compréis allí, en serio.

Besos a 10 pesos que son sólo dos euros.

Humano inhumano vs. humano divino.

El otro día íbamos por Corrientes a las 23:30 y un señor se tropezó con una baldosa mal puesta y se calló de morros al suelo. Se hizo una brecha en la frente, dos en la nariz por fuera y del golpe sangraba también por dentro. O sea, de dentro para afuera, claro. Bueno, un escándalo era eso con tanta sangre y nervios.

La gente pasaba diciendo: “¿Necesitá ayuda? ¿Llamo a una ambulancia?” El caso es que todos se paraban y preguntaban pero nadie se acercaba demasiado. De hecho avanzaban estirando el cuello pero el culo lo sacaban hacia atrás, como en una reverencia servicial, sin prestar servicio. Un hombre de un kiosko llenaba de agua una botella vacía de Sprite y desde lejos le aclaraba la sangre a marchas forzadas pues el líquido rojo salía sin ninguna intención de parar.

Saqué un paquete de pañuelos y agarré por la cabeza a ese señor mientras le presionaba la frente. Mi amigo llamaba a una ambulancia y la gente seguía preguntando desde lejos como si tuviésemos la peste, excepto dos señoras de Mendoza que vinieron a Baires a ver teatro que estuvieron ahí, presentes, tranquilizando. El accidentado me miraba con ojos de estar asustado y sentirse ridículo y me decía: “¡Gracias señorita! No se moleste, váyanse que tendrán muchas cosas que hacer… ¡Gracias! No se preocupen, esto no es nada”. Y sangraba y sangraba… Y yo cambiaba de pañuelo. Entonces él me dijo. “Ahora me dice que le debo de los pañuelitos, señorita, que los está gastando todos…”

Y a mi se me calló el alma de ver a ese hombre que pedía perdón por caerse al suelo y que quería pagar mis pañuelos. Y me preguntaba qué hacen con nosotros las grandes ciudades para que nos individualicemos hasta este punto. En medio de Corrientes un hombre solo se cae en su soledad y siente que ese hecho es una molestia para los demás.

La ambulancia tardó tanto que si fuera un parto ya le habríamos puesto nombre a la criatura. Mientras, a fuerza de presión y pañuelitos, la hemorragia se cortó. Saqué un espejito de la mochila para que el señor viera que no era tanto el asunto, un poco hinchado y tal vez una cicatriz, pero los sesos en su sitio. Y él decía “hasta su espejito me presta… Sos divina”

En la gran ciudad ser humano se ha convertido en divino. Han muerto los dioses y diosas del Olimpo, o tal vez se han ido deprimidos por el panorama bajo las nubes.

Solos en Corrientes buscando humanidad en el asfalto.

¿por qué? ¿para qué?

He venido a Buenos Aires buscando algo muy claro que sin embargo no termino de explicar bien. En el camino he descubierto detalles que me han hecho reír sola por la calle. Como por ejemplo una furgoneta-ambulancia con el letrero: “Ambulancia de gran complejidad”. O un centro médico que hace certificados varios entre ellos “de buena conducta”. Me voy a hacer uno para enviárselo a los Reyes Magos, las próximas Navidades claro. Estos bombones sin papel me hablan de otras cabezas y a la vez de la mía propia. De mi mirada, que se hace más patente ahora que está tan estimulada.

Luego está la parte activa del viaje y las miles de clases que empiezo, acabo y descubro. Lo primero que me sorprende son las presentaciones típicas del comienzo de curso. Aquí versan tal que así: “Me llamo Fulanita, llevo actuando desde los 6 años…”, “a los 13 decidí ser actor y desde entonces…”, “yo desde los 10…”, “soy Menganito y empecé con Patatín a los 11 años, luego estudié en el Tal Superior y actué en los teatros La Bomba y Lo Más…”, “quise ser actriz a los 7 años cuando vi la película Importante…”, “he trabajado desde los 18 con los directores Toma Ya y No Veas…”

Y yo, que de pequeña quería ser piloto, escritora, astronauta, matemática, científica, poeta… y lo de actriz me vino como más tarde y no sé si de una forma tan vocacional; aquí estoy, con 30 añazos sin saber nada de nada en este país culto y bien hablado. Tal vez porque quería ser tantas cosas decidí hacerme actriz para poder de alguna forma ser todo lo que se me ocurriera…

Hoy vengo de otra clase nueva donde me he quedado alucinada. Es un grupo muy, pero muy numeroso donde hay gente de todas las profesiones y edades. Sin embargo todos llevan mucho tiempo haciendo teatro, todos. Hay un señor mayor, ingeniero que a sus 60 y largos decidió estudiar interpretación. De esto hace ya 8, toma ya! Otra que es actriz desde chica y a los 32 empieza a estudiar psicología y hoy es las dos cosas. Y así todos.

Y esa forma que tienen de explicarse y hablar de la profesión. Buscando las palabras exactas que analizan la técnica y el espíritu. Ese saber por qué están aquí, el terreno ganado y el perdido. Ese humor a la hora de comunicar de algunos, de otros la sensibilidad o el arranque… Yo llevaba un croquis de mi presentación en plan: empecé en tal escuela y luego estudié esto, trabajé allí y aquí… Pero cuando me ha tocado hablar sólo he podido decir que estoy alucinada. Que he venido aquí buscando el mito del teatro de Buenos Aires, para ver qué es lo que se cuece, aun sin saber muy bien qué era. Pero que después de escuchar sus historias ya no me vale el discurso de vengo a entrenarme, estudié y mis objetivos son… No. Tan sólo sé que estoy donde tengo que estar.

Tengo que leer y leer, estudiar y ensayar. No sé por qué pero estoy todo el rato haciendo cosas de Lorca que hablan de Granada, de La Alpujarra, del Zacatín, del Darro.

Empiezo a pensar que he venido en busca de una voz en todos sus sentidos. Una voz de mujer, de actriz. Una voz de palabras que decir. Una voz de historias que contar, de vidas que vivir… Y hoy en la presentación he hablado poco, pero he hablado alto y claro.

Besos de palabras.

Curso avanzado

A veces me siento tan pequeña entre montañas. Y las grandes ciudades me esconden, camuflan mi cuerpo…

Llego a Buenos Aires con todos los juicios y prejuicios. Siento que el teatro aquí tiene otra dimensión, otro nivel. La cultura tiene mucho protagonismo y la palabra arte se escucha más veces en la calle que la palabra crisis. La gente habla de filosofía y psicología en la panadería.

Y yo empiezo las clases de análisis de Shakespeare con un montón de actores instruidos que han leído todos los libros de lingüística y filosofía que yo no leí. Actores argentinos, con esa manera de hablar citando los más peregrinos pasajes de Heidegger, adultos formados que vivieron épocas de esplendor creativo. Y yo, allí, asustada y dudando de si llegaré a entender las conversaciones. Guardándome mis opiniones y concentradísima.

¿Qué hago aquí? ¿Qué pretendo?

Entonces doy un paso hacia adelante y me doy cuenta de que lo que ese dice no es tan acertado, que esa cita tan elaborada no da luz al tema que tratamos, que la otra no entiende ni para atrás Macbeth, y que allí, la españolita puede dar su opinión sin haber leído todo eso y que además no hago el ridículo. Y a la salida hablo con los que me interesan y ¡hay comunicación! Entiendo, pregunto, debato y puedo profundizar y profundizar.

Llegan las conversaciones interesantes, los descubrimientos y las nuevas dudas. Las ganas de devorar libros y aprender. Desde donde estoy hasta donde llegue… Sin más.

¡A ello me pongo!

Besos de historias


Hogar, dulce hogar.

Pues sí. En Buenos Aires ahora tengo un dulce hogar cálido y tranquilo…

Llego después de las 18 horas de vuelta de la Pata-Agonía por esa carretera tipo comarcal sin arcén y con peajes: lo nunca visto, peajes sin autopista. Insólito. Como insólito también el suelo limpísimo de una gasolinera en el camino, solo una. En serio, le he visto la concha reflejada en el suelo a la chica que hacía pipí al lado mío… Después de tanto baño sucio en estaciones de servicio he quedado en estado de shock.

Más de 1600 km de blues, jazz, flamenco, rock y adivinanzas, afortunadamente sin bajas. A la ida atropellamos una liebre tamaño cabra y todavía me pesa la imagen. ¡Qué pena me dio! He vuelto a contar las curvas del desierto de La Pampa por si a la ida me despisté: 5 y media, porque una no creo que llegara ni a curva.

He pasado unos días en las montañas y playas de lagos helados (aquí le llaman playa a cualquier lugar donde te puedas bañar, creo) de las faldas andinas. Incomunicada sin wifi ni móvil. Me he bañado en unas termas naturales combinadas con el río frío que nace en las nieves de la cima de no me acuerdo que volcán en Chile. He recorrido la ruta de los 7 lagos. 200 km por la mañana por carretera para volver por una pista de ripios de unos 120 km. Aquí todo a lo grande. Ríos, lagos, bosque, mucho bosque. Pista de ripios y baches y hoyos y autobuses y carteles divertidos con dibujos de curvas en ángulos no rectos, sino agudos.

Me he comido, y he hecho comer, 12 cerezas picotas pata-agónicas al ritmo de un gong. Antes, por supuesto, las deshuesé, las 120 enteritas. Tengo aun las uñas moradas porque la mancha de picotas no se quita… Me ha adoptado la familia sureña de un amigo y han sido encantadores conmigo.

He ido a asados y me he unido a materos anónimos. Aquí lo de la yerba mate es como el respirar y en las gasolineras es más barato comprar agua caliente que fría.

He visto miles de millones de vacas pastando, caballos sueltos galopando por todas partes, cóndores o condors o aves rapaces, llamas, guanacos, alacranes y arañas.

Y estoy muerta, destrozada, y mañana empiezo las clases. ¡Buenas noches!

Besos agónicos.