Mes: septiembre 2015

Lo mío no es puro teatro.

Parece que soy una actriz de retos. Hace poco más de un año estábamos en Barcelona en pleno Ocupa Raval. Esta vez ocupamos el barrio del Raval en plenas fiestas. Y yo, en la piel de Queta llevando al público de un lado para otro, rodedada de la realidad en plena ebullición…

Animada por el recuerdo de Queta, ahora, esta actriz que soy, se sube a una nueva montaña llena de vértigo y riesgo. TeatroSOLO se llama el proyecto que dentro de Una mirada al mundo del CDN junto con el Reina Sofía dará que hablar dentro de poco. Y ahora, a ensayar!!!!!

Pintan espadas.

Cuando me fui a vivir a París empecé encontrarme cartas en mi camino. La primera vez que me sucedió estaba paseando por el canal Saint-Martin. Entre mis pies aparecieron dos cartas boca abajo con ese diseño floral de blanco sobre rojo intenso que me recuerda a mi infancia. Iba a coger las dos pero, en el último momento, pensé que debía elegir sólo una. La otra estaría destinada a otra persona. Me quedé un rato mirándolas eligiendo la mía e imaginando que carta me encontraría en su dorso. Sería una baraja española? Bastos? Tal vez copas? O sería una baraja francesa, más propia de las calles que recorría? Entonces podrían ser picas, rombos, corazones…Iimaginaba como una maga que lee en la mente del voluntario del público la carta que éste eligió de toda la baraja. Le di la vuelta y mi cara se llenó de sorpresa. No era un siete de oros, ni una sota de espadas, no era un as de trébol, ni siquiera era un comodín. Era una carta en blanco. Esta sí que es de magos! Y de magas como yo! Una carta lisa, blanca, sin palos, ni figuras, ni siquiera nacionalidad. Era mi carta en blanco que me daba la bienvenida a esa ciudad que aún hoy siento tan mía. La guardé en mi cuaderno de notas, sonreí y seguí caminando dejando la otra carta bocabajo para que viniera buscarla su destino.

Después de ese momento me sucedió bastantes veces, me encontraba cartas por la calle, en las esquinas… A veces eran unas, a veces eran otras, pero siempre eran para mí. O por lo menos yo le encontraba un significado a esa figura, ese día concreto, en mi vida. Después dejó de sucederme hasta que me fui a vivir a Buenos Aires. De hecho, me sorprendió esta reaparición del azar. En esa época escritora escribí en mi blog acerca de estos encuentros fortuitos con cartas que me hablaban con su código jeroglífico. Pero al tiempo, volvieron a desaparecer. Ya no encontré más cartas.

El otro día, volvía de danza con el cuerpo dolorido y la piel mojada bajo la intrépida lluvia que me atrapó desprevenida. Y ahí, entre el gris y ocre del Madrid otoñal, en el suelo, encontré una carta. Qué alegría! Que nervios! Porque por supuesto, estaba boca abajo, esperando a que le dieran la vuelta. Deseé que fuera una carta importante, una carta de un gran valor, de esas que ganan bazas y hasta partidas. Necesitaba una figura. Cogí el rectángulo de color rojo con motivos florales. Era más flexible de lo normal a causa de la humedad. Descubrí su mensaje.


Preparada para el otoño e incluso para el invierno! Con toda mi artillería y la corona sobre la cabeza! Espada en mano dispuesta a batirme con molinos o con gigantes, lo que tenga que venir que venga… Y bienvenido sea!

Mi yaya me enseñó a lavarme las manos

A lo largo de mi vida he descubierto que mi abuela no es sólo la abuela de sus nietos. Es la Yaya, la tía Isa y la abuela de todos.
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Hay personas que son catalizadores de vida, de relaciones, de historias. Sirven de nexo entre las personas y consiguen la unión entre los que la rodean. Por la abuela nos juntábamos los que no nos veíamos en años. Yo conocía las vidas de primos y tíos lejanos, cercanos incluso, porque ella me contaba, nos seguía la pista… y esto nos ha unido con hilos sutiles y profundos. Qué feliz estaba ella en su entierro, con tanta gente querida junta, de cañas por su recuerdo, de tapas a su salud. Con lo que le gustaba a ella un sarao.

Mis amigos que la conocieron la admiran. La Yaya es famosa! Presentársela a alguien era un éxito asegurado. Sorprendía su sentido del humor veloz e inteligente, su apuesta por la libertad y, sobre todo, por el disfrute y la alegría de vivir…

En funeral no era capaz de enumerar las grandes lecciones de vida que me ha dado. Y en noches de insomnio como esta se me desborda el alma; son tantas! Mi abuela me enseñó a secarme las manos. Yo que siempre voy a las carreras y a menudo ni peino, un día vi cómo se lavaba y secaba las manos con la calma de un cirujano y la elegancia de una reina vistiéndose de gala. Pensé que tenía delante a la mujer más sabia de la tierra. Con su descarada coquetería y dedicación le dejaba claro al mundo que tenía todo el tiempo para ella, para vivirlo, para vivir siempre y para siempre. Mi abuela Isabel poseía el secreto de la eterna juventud. Sigue leyendo