Mes: junio 2011

Malos Aires.

Tanto hablar de teatro, de estudios, de cultura, de libros… Puede parecer que esto es un paraíso intelectual de charlas profundas. Un banquete de alimentos para el alma, de belleza para el ser artístico.

Pero la verdad es que cada día veo demasiada gente pidiendo, demasiados niños de caritas sucias y ojos viejos vendiendo cositas, demasiadas personas rebuscando en la basura… Demasiado.

Y demasiado es algo bastante subjetivo. ¿Cuántos? Para mi demasiados siempre porque cada uno de ellos se me clava en la retina. Por las noches Malos Aires se despierta y los cartoneros arrastran carritos, señores mayores empujan cubos de basura llenos de fragmentos descartados de la vida de los demás.

Niños… niños que la gente no mira por culpa, por miedo, porque es demasiado duro… Y las librerías se me antojan vacías, el teatro snob, los museos superficiales, mi vida… un lujo.

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instrucciones del bus.

Un cartel explica que las puertas del colectivo no se abren a más de 5km/h. Es una forma de explicar el por qué los descensos y ascensos se hacen en marcha. Lo entiendo.

Pero no hay ningún cartel que explique por qué si estoy en la parada del 152, viene el 152 medio vacío; yo le hago la señal con el brazo indicando que quiero subir, además se para en el semáforo que está en rojo. Me acerco. El señor me mira y me hace un gesto en plan: “sí, sí, ya vi su brazo levantado”. Espero delante de la puerta a que abra. Se pone el semáforo en verde. El tipo arranca y se va. No me abre la puerta. Se va… ¡¡Se va!! Esto no lo entiendo y no encuentro el cartel.

Que conste que he visto esta situación en otras ocasiones desde dentro del colectivo. Y no paran, si no les apetece no paran.

Besos en blanco.

Memorias.

Cada libro, cada manual, cada periódico, cada cartel publicitario… Cada palabra estúpida escrita en la pared, cada frase memorable.

Acordarse de los prospectos de los medicamentos, de las cartas de amor de la adolescencia, de los ingredientes detallados en el paquete de cereales con sus calorías y todo, de los apuntes de biología, de las chuletas que te escribías (ya innecesarias), de la guía de teléfono que antes se usaba, de los programas de mano, de las etiquetas de la ropa…

Aquí, en Baires, tienes la posibilidad de conseguirlo. Un cartel anuncia: “COMO RECORDAR TODO LO QUE LEEMOS” Y ya no lo voy a olvidar. ¡Uff! ¡Qué agobio!

Un día Borges, pasó en un colectivo por el paseo Colón y leyó dicho cartel. Llegó a su casa y escribió “Funes el memorioso”. Lectura recomendada de la semana, por cierto. Memorícenla.

Besos memoriosos.

Injusticia caprichosa.

En la estación de tren de Retiro veo como pasa el tiempo y no pasan los trenes. Me desespero, me estreso, me agobio, me indigno, odio el sistema de mierda que no funciona… Cada vez llega más gente. Nadie informa, nadie tranquiliza, nadie da explicaciones.

¡Voy a llegar tarde! Y eso debe ser una de las mayores injusticias del mundo, Sauce…

En la estación de Retiro llega el tren y miles de personitas de todos los tamaños nos arrejuntamos, nos rozamos, nos olemos, nos tocamos… ¡Y eso no puede ser, Sauce!

En el tren me ubico cerca de una ventana para tener, al menos, sensación de amplitud. Una ventana al exterior que me quite este ahogo.

El tren, que salió de Retiro lleno de gente, pasa frente a una villa miseria. Casas a medio construir, apiladas, sucias. Ventanas sin ventanas, chabolas, ladrillo visto por la fuerza. Calles sin calles… la favela.

En el tren, lleno de gente, que salió de Retiro, voy yo hacia mis clases de canto, bien abrigadita, pensando en los ensayos de la tarde, porque he decidido ser actriz y me he cruzado el océano buscando una fantasía de mi misma…

En el tren, apretada por mi propia buena suerte, se me cae la cara de vergüenza, me trago mi indignación, mi estrés se estrella en la cruda realidad y la injusticia se me indigesta.

Cuando llego a mi destino, tan sólo tres paradas después del comienzo de este viaje-tortura para la europeita valiente, leo un cartel que dice:

“PAPÁ, TE QUEREMOS MUCHO. TUS HIJOS. VOLVÉ”

Yo, que soy la que se dió a la fuga, tengo una familia que me espera, me perdona, me quiere, me apoya… Y leo este cartel con el ruego de que se llenen de bilis mis quejas.

Besos sin derecho.

Una exposición.
Cristina Piffer.
Terror encarnado. La historia del horror presentada de forma aséptica. La violencia pulcra, limpia, geométrica… el dolor se exhibe de la forma más cruda: carne, sangre, grasa, vísceras.

Un paseo.
Una sala.
Imágenes desconocidas me bailan en la mente. Cortes y golpes que no sentí en mi cuerpo pero que nos pertenecen a todos. Son la historia de aquí y de allí, de cada pueblo que ha sufrido una guerra, una dictadura, una tortura.

Y encima, acero y metacrilato limpito: lavando la cara de la suciedad. Pasando página, embelleciendo el lado oscuro y feo, la injusticia empaquetada se vuelve diseño y nos diseña. Nos diseñamos para convertirnos en ignorantes superados.

Pero bajo nuestros pies, en las pesadillas de nuestros mayores, en los sueños de nuestro pueblo, están esos gritos y siguen sonando.

Encarnaduras y entripados.

Desenfrenada.

Qué bien vivir a 3 minutos en bici del río de la Plata. En realidad serían 5, pero como la bici no tiene frenos, llego muy rápido. Parece increíble que la dueña sea una alemana. ¿Cómo ha podido comprar una bici tan rosa y tan mala viniendo de donde viene?

Pero bueno, yo voy pedaleando y gastando suela a esa reserva ecológica donde las plantas crecen sobre los escombros desgarrados de la ciudad de Buenos Aires. La orilla es un mosaico de azulejos rotos, baldosas y ladrillos. Un puzzle de lo que había antes de que hicieran la autovía que atraviesa la ciudad.

Me siento a imaginar que vidas habrán albergado esos muros desintegrados, que secretos guardados flotan ahora en el río…

Pasa un barco que va a Uruguay. Hace una ola que baña las puertas rotas y las vigas de cemento hechas migas.

Besos a trozos.

Universidad subterránea.

La matrícula de la facultad del subte está abierta todo el año. Miles de cartelitos anunciando clases de instrumentos, canto, teatro, talleres de escritura, improvisación, danza… Hay algunos que versan: “publique su libro”. También hay muchos de psicólogos y psicoanalistas.

El pack completo para adentrarse en las artes, escribir sobre la experiencia, desquiciarse con el abanico de posibilidades y repararse con un circuito terapéutico. Como en el spá pero en seco.

Besos matriculados.