Mes: febrero 2011

¡Amén!

Vengo de ver una obra de teatro que me ha llevado a ese lugar entre la ficción y la realidad donde la esencia humana habla de otra forma para decir lo que lleva diciendo desde que empezó a hablar.

Dos actrices, dos actores, un escenario giratorio, escenografía sencilla y útil, un micrófono, luces y sonido. Dos horas. Un viaje de ida con vuelta abierta.

Me ha puesto en duda las explicaciones que me doy para explicarme, las razones que me argumento para decidir, las justificaciones que me hago de mi misma.

Me ha emocionado y me ha hecho reír y reír. Me han deslumbrado la calidad de los actores, perdón, ACTORES, la puesta en escena, las historias.

Me ha dado envidia y deseo de estar ahí, arriba, narrando con mi cuerpo. Me ha recordado porqué estoy aquí y qué actriz quiero ser. Me ha confirmado que hay cosas que se tienen que contar y se tienen que hacer así: con trabajo, mucho trabajo, compromiso y apuesta.

Me ha pagado el esfuerzo de estar en Buenos Aires, un poco, de alguna forma misteriosa y tímida. Como un pequeño tesoro encontrado en una acera y guardado en un bolsillito como un amuleto. Sauce, cuando dudes hacia donde caminar, mete la manita en el bolsillo y recuerda…

Teatro. ¡Amén!

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Yo lo que quiero es que me coma el tigre…

…que me coma el tigre, que me coma el tigre…

Por azares de estos lares un matrimonio dulce y cariñoso me invitó a pasar un día en El Tigre. Carlos y Lía. Él es socio del Club Británico de Remo y van casi todos los domingos a ese lugar delicioso donde los ríos se convierten en un amplio delta formando La Isla. La isla para ellos significa las islas, pero dicen la isla (sólo una) porque ya sabemos todos que son raritos aquí. Hay infinidad de islas con casitas encaramadas a pedestales de madera para evitar ser inundadas. Se llega y se parte en lancha-taxi, piragua, barco-bus o algún otro medio de transporte acuático.

Es alucinante. La vegetación, la luz, los miles de canales, el tráfico como si fuese un pueblecito pero en vez de calles ríos, las barcas de remo como si estuviésemos en Oxford. ¡Los clubes! Está el alemán, cuadrado y gris, el español, decadente, el francés en un lugar privilegiado y con amarres de cortesía para los veleros pequeños, el italiano en un edificio de estilo renacentista y otros muchos más…  ¡y el inglés! Un edificio gótico en plan universidad británica con salones, escaleras de madera, lámparas blancas, enredaderas, espejos inmensos… Fotos de antiguos equipos de remo, ganadores de muchas carreras. Todos con sus camisetas blancas y su pelo repeinado hacia el lado, con esa cara de antiguos que tenían los antiguos.

Nos asignaron un barquito de esos de otro tiempo, precioso, de madera, con sus remos para remar si sabes hacerlo (porque os digo yo que no es tan sencillo entre el asiento que va y viene, los remos que se giran y los otros navegantes que se cruzan, y encima vas para atrás) y salimos a remar y remar entre islas de sueño, casas de cuento y árboles de fábula.

Llegamos a una de las dos playas privadas del club donde hay un chiringuito con parrilla, por supuesto, mucho césped inundado, mesas grandes, barro que piso con un placer casi olvidado, gente en tumbonas tomando mate, familias preparando asados y niños nadando en el río…

¡Qué alegría! ¡Qué hermoso día! ¡Qué suerte la mía! Gracias Mirta por ponerme en contacto con tu hermana y su marido y gracias a ellos por invitarme a este día no turístico de agua y vida.

Retales.

Tengo tanto que escribir, tanto que ensayar, muchísimo que estudiar, infinito que leer… que ya no puedo relatar mis historias transoceánicas.

Solo fragmentos.

Pedazos.

Como… el barrio Aeropuerto Antiguo que hay en El Calafate donde la calle principal es la antigua pista de aterrizaje tal cual. A los lados, casitas bajas, y en medio, la antigua torre de control abandonada.

Caminar por una calle de Buenos Aires por la noche durante un apagón. Restaurantes con velas. Gente tropezando. Y un poco de susto también.

Restaurantes preciosos. Comida… ¡mmmmnnnhhhh!

Encontrarme en el subte con un compañero y en la calle con la chica embarazada que vi el otro día cantar tangos… Buenos Aires es pequeño.

Un niño vende en el metro bolígrafos. Reparte uno a cada uno. Luego pasa de nuevo, si lo quieres, lo compras, si no lo devuelves. Un hombre frente a mi se lo esconde. Lo veo. Le miro. Miro el boli. Le pongo mala cara. El desvía la mirada. Pasa el niño… Se va… No me atreví a decir nada. Me sentí mal. Él se sintió mal. Dejó el boli en el asiento y bajó del vagón. Era la última parada.

Por las noches refresca.

Mañana voy a una boda. Una pareja de ángeles enamorados.

El otro día estuve en un velatorio… Un gran hombre. Una gran familia… Una pérdida…

Conociendo la Argentina de la gente, la mejor gente. ¡A tomar por saco el Lonely Planet!

Besos y amor

No me acostumbro…

Me puedo acostumbrar a que coger signifique otra cosa, pero no me acostumbro a que correrse sea moverse hacia un lado ni a que haga un casting para un corto y me tomen.

No me acostumbro a que en las tiendan vendan remeras. Aquí se les llama así a las camisetas. Yo no sé si por dislexia o que sé yo, pero siempre cambio la primera “e” por una “a”.

Me acostumbré a que casi todo lleve por defecto grasa vacuna como ingrediente básico y a llamar palta al aguacate, pero no me acostumbro a que las palomitas de maíz se llamen pochoclo y a que sea casi imposible encontrar un vino blanco seco. Todos son redulces.

Me acostumbro al ir y devenir de los colectivos, a que el bife de chorizo sea un filetazo de carne, a que se le llame fideos a la pasta en general y a que todo el mundo imite muy malamente el acento de España cuando me conoce.

Pero no me entra en la cabeza que la palabra “sur” connote frío y hielos, que a las personas mayores se les llame grandes, ni que “friolento” no sea alguien que además de ser friolero es lento, con lo cual no entra en calor ni por asomo.

Me he acostumbrado a que me llamen gallega aunque sea de Granada, pero no me acostumbro a necesitar a mis amigos cuando me siento triste y sola y que ellos estén a más de 10.000 km. No me acostumbro a echar de menos de esta manera tan rotunda…

 

Sauce en la Luna

De entre los bosques de Palermo y el Río de la Plata sale un avión a la Luna. Porque, para quien no lo sepa, en La Tierra hay una Luna. Está en el sur de la Pata-Agónica.

El suelo se estampa de cráteres y dibujos extraños, como los cuadros esos que hay de arena de colores y agua que al girarlos construyen un nuevo paisaje entre desértico y marciano. En esa Luna del Calafate también hay vacas, por supuesto, de las marrones y blancas. Y caballos, liebres grandes, montañas doradas, lagos de color sintético… Claro, ¡es la Luna! Y el color del agua es exactamente como el del detergente de aloe vera para lavar los platos. Como el agua contaminada por algún producto tóxico de una peli tipo Batman. Solo que sin contaminación.

En esta Luna también hay glaciares que rugen y crujen. Desde la distancia los veo desgarrarse con un sentimiento destructivo y sádico… Deseo que se rompan todos los picos para ver de nuevo el espectáculo apocalíptico que anuncia el hundimiento de la tierra bajo las aguas saladas. Y me siento culpable por disfrutar del acontecimiento porque no es nada ecológico este deseo que me entra… En cuanto vuelva a Europa voy a Venecia, que será la primera ciudad en desaparecer.

Dormía en una pensión familiar de una señora donde sólo había viajeros nacionales, dos suizos y yo. Ya estoy cansada del rollito hostel lleno de europeos guays con laptops y Iphones. Así que me quedé en el hostel donde encontré: La familia salteña con la abuela cristiana que intentaba convertirme. La madre que me enseña la receta de las empanadas… y yo compartía mis cereales con la hija de 10 años que me miraba sonriente y dulce. Los muchachos de Resistencia, capital de Chaco, provincia repobre; que con 20 años dejaban los estudios para venir al sur a trabajar reparando barcos. Echaban de menos a su familia que estaba a 3545km. Uno de ellos trabajaba en la encuadernadora de su padre, le encantaba. Se puso a estudiar ingeniería mecánica porque era la manera de no depender de los libros que mandaba la biblioteca o la iglesia, decía. “Pensé que para no ser pobre tenía que producir” Lo que pasa es que, como se fue de casa, no llegaba a fin de mes y aunque iba muy bien en la carrera, quería trabajar una temporada para ahorrar. “Pero yo acabaré la carrera algún día”, decía muy seguro. Me enseñó tres pasos de tango en la cocina. Estaba también el grupo de chicos argentinos que se iban una semana a la montaña de acampada para pescar y luego de trecking, y al glaciar, y ¡a todas partes! Me enseñaron a jugar al truco.

Por allí, en el Perito Moreno, me encontré también a Rafa, el trabajador social  de Lanjarón (¿o era educador?) que también conoce Pitres. ¿Dónde me tengo que ir para salir de mi pueblo?

En esta Luna he montado a caballo, he ido en barco hacia la lengua prehistórica de hielo, he paseado, subido y bajado… Y de la forma más tonta, en un escalón, me he esguinzado. ¡Mierda! ¡Mis clases de danza!