La sombra de lo que fuimos.

Aterrizo en París con retraso. Tarde. La noche se me viene encima impregnada de todo el cansancio acumulado entre idas y venidas. El cansancio de la ruta, del camino, de la vida en movimiento. Transportes nocturnos, caras deseosas de llegar, y yo… no sé dónde llegar. Llego siempre a la vez que me voy y en las transiciones a veces siento una soledad ahumada, como una neblina invisible que no se ve pero se huele. Huele a ausencia del olor de hogar. Huele a ese olor que me falta.

Camino con mi maleta; el ruido de las ruedas es la banda sonora de esta película. Al doblar la esquina, sobre la acera se amontonan muebles desechados en una mudanza. Me paro en seco. Silencio.

Las ruedas no giran. La gente no existe en la calle.

Silencio…

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Aún hay rastro de la batalla. Mudar, mudarse, mudanza. Cartones, cinta de embalar, algún papel caído. Y encima de todo el montón de restos de vida, una bola disco enorme brilla descascarillada, con bastantes cristalitos perdidos a lo largo la historia. Y aún así brilla. Adivino su esplendor girando en las alturas y siento su soledad estática, parada entre sillas de madera y puertas de armarios.

La miro y ya no sé quién soy yo y quién es la bola. Me veo reflejada en miles de espejitos cuadrados. También me veo en el hueco que dejaron los cristales perdidos, las ausencias, las heridas, las bajas, los daños colaterales… Ya no sé si soy yo o es ella la que mira; ¿quién está detenida y quién gira?

La bola disco parece quieta pero en realidad sigue bailando iluminada por los focos. Atraviesa el tiempo para volver regalar luz y color con el mero hecho de existir. Porque ella es su historia y su historia traspasa este instante de silencio, en la madrugada de una calle Parisina. La sombra de lo que fue es tan hermosa como la luz que la produjo.

Allí me quedé unos minutos indeterminados mirándome a mi misma en ese rincón de escombros. Y ese instante me sigue hablando…

 

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