Mes: julio 2011

Madrid Azul

Los autobuses eran rojos, antes, eran rojos. Es verdad que los de gas natural eran azules. Pero ahora todos son azules, muy azules, como las vallas, antes eran amarillas, ahora azules. El abono de las piscinas municipales era violeta, el metro era rojo y los pasillos de diferentes colores. Ahora blanco y azul. Sólo queda una minúscula bandera roja con estrellas en cada vagón. Pequeña, en una esquina, apagada.

Todo azul, azul tan azul, tan presente que agobia…
 
Besos de colores!

Cuento de agua.

Abuelita, abuelita: ¿por qué en Buenos Aires llueve como si el cielo quisiera convertirnos en peces? ¿Por qué truena y relampaguea sembrando días de segundos en las noches oscuras?

Érase una vez Baires: una Ciudad junto a un río sin orilla de enfrente. ¡Era tan, tan ancho y llevaba tanta agua que parecía un mar! El Río de la Plata.

Sin embargo, esa ciudad orgullosa y canchera vivía mirando al Cielo desde sus calles anchas de casas bajas y no le hacía ni caso al Río. No había orillas, ni chiringuitos; nadie se bañaba, nadie lo visitaba al amanecer ni al anochecer, nadie paseaba con pies descalzos por el borde del agua.

El Río se sentía cada vez más ignorado y en su fondo barroso empezaron a crecer la Envidia y los Celos. Crecieron tanto y tanto que un día asomaron la nariz por la superficie y se encontraron con la traviesa Tormenta y el cizañero Trueno.

“¡Ayyyyy!”- gritaban Celos y Envidia- “¡Qué coraje!” Trueno y Tormenta escucharon el lamento y se interesaron por el asunto. “Esta Baires creída que no mira a este Río hermoso. Ni caso hace. Ella consigo misma se basta y si acaso, al cielo estrellado se dirige”

El equipo T, siempre dispuesto a avivar rencillas, se ofreció amablemente a colaborar con la venganza. Tenían un plan pero Río debía ser valiente y no tener miedo a volar.

Aquella noche, Tormenta y trueno desplegaron su fuerza y a golpe de rayo levantaron las aguas hasta el cielo para dejarlas caer sobre la ciudad. Charcos por todas partes, arroyos caudalosos descendiendo por las calles, el aire empapado y las personas buscando branquias en el fondo de los cajones.

Si la Ciudad no va al Río, el Río va a la Ciudad.

Rojo que te quiero rojo.

Vuelvo a casa, es de noche y un calabobos hace visible el aire bajo las luces de lunares de esta ciudad. Al doblar la esquina y entrar en mi calle, larga calle como todas aquí, veo un rastro de sangre a mis pies. Gotitas y gotas no tan titas brillan en el suelo. Las sigo, me siguen, caminamos por la misma acera.

Una cuadra. Otra cuadra. Continúan bajo mis pies, rojas y frescas como si un fantasma moribundo sangrara delante mio y sólo pudiera ver el rastro que deja. No sé cuánto llevan en el suelo, pero la humedad de la noche las mantiene vivas, como recién nacidas de una vena.

Imágenes de dolores y heridas se me vienen a la cabeza. Un sentimiento de angustia me recorre la espalda. No es mucha sangre, pero es un camino largo para ir perdiéndola.

No sé si va o viene. Busco indicios pero no sé leer esta historia. Y me imagino oscuros movimientos en la noche… Se me llena la frente de imágenes violentas.

Llego al portal. La sangre continua. Unos versos de Lorca me asisten:

Dejando un rastro de sangre.

Dejando un rastro de lágrimas.

Temblaban en los tejados farolillos de hojalata

Mil panderos de cristal,

herían la madrugada.

Yo llego a casa, las gotitas siguen su camino… Y ahora, a lo lejos, suena una ambulancia.

Aclaración.

Ayer salí de clase y fui a cenar algo sola a un lugar típico argentino para que el camarero se sorprendiera.

Fui al teatro y quedaba un lugar libre en el centro de la segunda fila. Le pregunté a unas señoras si estaba libre y me contestaron diciendo que no porque sólo había uno. “¡Perfecto! Vengo sola. Permiso…”

A la salida me encontré con Mechi que me presentó a Claudio. Iban a la segunda función de la maravillosa obra que yo vi. “¿Viniste sola?” Me preguntaron.

Y yo, no me sentía sola, en el sentido de sola, de llena de soledad. Yo estaba encantada en el restaurante, la obra es imprescindible, no hacía frío y la vuelta a casa fue agradable.

No me sentí sola hasta que me electrocuté. Y tampoco porque necesitara que alguien me acompañara en el dolor de mi dedo. Sino porque realmente ahora sí que estaba sola.

¡Qué dramática! Por un calambrazo de nada… ¡Vaya con el Sauce Eléctrico!

Besos eléctricos o electrocutados, depende.

La soledad.

Cuando la soledad asusta y duele de verdad es cuando una lámpara se cae como a cámara lenta, te avalanzas sobre ella para evitar el desastre que tú misma provocaste y te da un calambrazo de esos que duelen mucho rato después de haber apagado la lámpara ahora rota.

Y piensas: “¡Buff! Si me llego a quedar pegada nadie me ayudaría ni antes, ni durante, ni después. ¡Qué sola me siento!”

¡Sola y salva!

Uruguay.

Uruguay: ¡tierra del mate! Todos, todas, toditos, toditas, termo en mano, mate en otra, bombilla en boca.

Y por las esquinas: agua caliente. ¡Bien! Porque hace un frío… Esta ola polar del Sur me supera la mire por donde la mire.

Colonia: ciudad colonial. Bue… ¿Ciudad? Pueblecito lindo de calles empedradas y tiendas para turistas. Hay lugares en este mundo que parecen decorados de películas. Todo bonito, perfecto, pensado… Conservado como era sin ser lo que fue. Coches antiguos aparcados en las calles, muchos no funcionan, son mobiliario urbano. Carros estratégicamente ubicados. Pero todo precioso.

Besos turistas.

¡Playa! ¿Dónde?

Me parece torturador caminar por las gélidas calles de Buenos Aires y ver casi en cada cuadra un cartel que grita sin voz pero con luces fosforescentes: ¡Playa! ¡Playa!

Ahora jode porque hace frío, es Julio y en España todos suben fotos mediterráneas al facebook. Pero en verano tampoco es plato de buen gusto estar deseando nadar en el mar y ver la palabra “playa” en cada parking. ¿No podrían llamarlos de otra forma? No sé, garaje, aparcamiento, aparca-autos, aparcautos para abreviar, guardautos, o mole de cemento fea que guarda coches a precios disparados… Algo que haga honor a la función del establecimiento o que por lo menos no me recuerde cada día que el bikini me lo olvidé en Madrid pero que no parece que me vaya a tener que comprar otro.

Besos a pie.

https://api.soundcloud.com/tracks/2823120/stream?client_id=3cQaPshpEeLqMsNFAUw1Q?plead=please-dont-download-this-or-our-lawyers-wont-let-us-host-audio

Subo al colectivo. El conductor pone Dire Straits a todo volumen. ¡¡Hay asientos libres!! Y en la ventana.

¡Vamos vamos, que estamos en racha!

Pasa la calle. Hacia atrás pasa, rápido, lento, frenazos… ¡Pssssss! Hacen las puertas al abrirse.

Pasa la calle:

Regalería.

Pinturería.

Vacunatorio.

Nevera.

Teatro.

Subte Pichincha.

Sepelios.

Compostura de muñecas.

Supermercado feliz.

Confitería.

Lavadero.

Maxikiosko “hay pebete”.

Se sube un señor vendiendo “chocolates Hamlet 2 por 5 pesos, con maní y cereales, bueno y nutritivo. Todos con la fecha de caducidad especificada…”

¡Qué divertido es viajar!