Mes: julio 2012

Colores descoloridos.

Érase una vez una Pasión grande y hermosa. Una Pasión viva de colores, canciones y frutas. Se creía eterna ella, fuerte, invencible…

Pero llegó el tiempo con su polvo y sus inviernos. Llegó… O tal vez no llegó nada y eso fue lo que pasó… Nada. La Nada es la lejía de las pasiones, les lava el color…

Y después, ese lienzo empapado en lejía, blanco, se secó. Y brillante, al sol, estaba listo para volver a embadurnarse con colores vivos.

Hasta la próxima lejía…

Besos manchados.

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Una mujer entre la gente.

La mujer cansada lleva el pelo sucio y canoso recogido en una coleta escasa. Los ojos de ratoncillo miran detrás de las antiguas gafas. La piel rojiza y curtida por una vida sin cremas solares ni antiarrugas.

Entra en el metro. “Hola, disculpen la molestia. A mi me asusta siempre el subte y los trenes pero yo vengo y trato de estabilisarme y trato de venir siempre. Me asustan estos lugares pero no le culpo a vos. Les pido una moneda porque la vida no me va muy bien. Respeto su desisión. Les pido con respeto porque no estoy robando y respeto su desisión. Les agradesco si me dan una moneda porque no me está yendo muy bien. No temo a la polisía porque no estoy hasiendo nada malo pidiendo unas monedas que ustedes me puedan dar y respeto su desisión. Si tienen alguna pregunta que haserme yo se la contesto. Grasias, grasias.”

Y la mujer camina como puede entre los sudores y los perfumes que se reconcentran en el vagón. La mujer es muy gorda y tiene los tobillos hinchados. La mujer es triste, más triste que la tristeza que entendemos los que la miramos. Está llena de una pena que se imagina, pero que no se entiende.

No puedo dejar de preguntarme dónde está ahora, dónde estará mañana esa mujer a la que la vida no le va muy bien. ¿Qué cenará hoy? ¿Dormirá con pijama?

Besos pobres.

La ley de la atracción.

Cae la noche como una losa después de un día de rebotes por la ciudad.

En el metro me fijo en un hombre extraño que se mueve por un random de impulsos bruscos e inesperados. Se gira como si se asustara de su propio pensamiento y sin querer golpea a otros pasajeros. Se disculpa.

Abraza libros, carpetas y papeles. “Mucho teatro” leo en un panfleto que sobresale entre sus manos.

Me pilla in fraganti y dice: “husmeá tranquila”. Sonrío. Sonríe con una boca desbordada de alegría y se sienta a mi lado y empieza a hablar sin descanso.

Es un mezcla de Carmen Sevilla y Raphael pero a lo porteño. Habla con voz sibilina, afectada. Alarga las eses tanto que parece un globo que se deshincha. La versión argentina del gay hippie-artista-terapeuta.

Se dedica a la arteterapia, dice. Y a la construcción de instrumentos de viento con materiales naturales y/o reciclados. No recuerdo.

El teatro, me explica, es un medio, un camino hacia la luz, la sanación… ¡Desintoxica y cura!

No sé yo si tanto…

Fin de la línea de metro. Vamos hacia el mismo lugar. Caminamos juntos por la calle y escucho su explicación del mundo. Me debato entre la inseguridad, la desconfianza y la curiosidad.

En el bus sigue desarrollando su discurso naturo-artisti-psico-vital-péutico. Yo miro.

“Vos sos muy observadora” afirma haciéndome gestos cómplices con movimientos de mano femeninos y exagerados. “Sos compositora, ¿verdad?” ¡Qué halago! Me río. “No” le contesto. “Pero sos artista, ¡seguro!”

Y sigue: “¿Creés en la ley de la atracción? Existe. Atraés lo que sos y sos lo que atraés, por eso nos hemos encontrado esta noche” Me dice feliz y el aire queda envuelto en eses infinitas.

Me da su número y me invita a una Jam-sesion de… ¡Blues! ¡Ja ja ja! Me río mientras bajo en mi parada.

Y yo me pregunto: ¿Quién soy? ¿Qué soy? ¿Ley de la atracción?

Besos atractivos.

Detrás de la disquería.

Detrás de una tienda de discos en el centro de Baires hay un club-restaurante de jazz. El salón da a un pulmón de manzana por donde asoman potos y palmeras destempladas. Noche de Julio. Invierno.

Un hombre que por su estatura podría haber sido jugador de baloncesto, por su estampa modelo de Hugo Boss, por su mirada biólogo molecular; cumple sus 70 años subido a un escenario, haciendo lo que mejor sabe hacer. Sus dedos, casi nacidos en un bandoneón, juguetean como renacuajos en una poza de río. Y esas manos de manchas y arrugas se llenan de luz. A su lado un joven contento con remolino en el pelo arranca los sonidos más sensuales a un contrabajo oscuro, profundo. Envolvente. Regala sonrisas dulces. El piano de cola, negro y brillante como una piedra onix, se deshace con las cosquillas que el pianista le hace con facilidad imposible.

Violines y voces suben invitados en este cumpleaños de noche y pentagrama.

Malena canta el tango como ninguna y se pasea entre jazz, valses y tangos atorrantes que el bandoneón hace brillar como reflejos en el mar.

Vino y música… para pasar las malas mañanas, para seguir adelante, para vivir la vida. ¡Es lo que nos queda!

El público mira a los músicos y su vida cambia de ritmo, se convierte en otra cosa. La gente se pone más hermosa cuando escucha música en directo.

Y por momentos la voz de Buenos Aires, su grito más certero y acertado, el sonido de su asfalto, su cielo, sus seres trasnochados, sus almas, sus lágrimas… ¡Qué grande es Piazzolla! ¡Cuánto más ahora, aquí, así…! Sin estar delante, pero estando, siempre.

Besos en clave de sol.

Sin relación. ¿O sí?

La hermosa mujer.

La mujer de arrugas en la cara y mirada perdida.

La bella mujer de rastas tan encrespadas que terminan por convertirse en una sola rasta-bola de tiempo acumulado. Y vida. Y mierda.

La mujer flaca de caminar vago.

La mujer perdida de rostro azabache.

En el metro, la mujer enigmática reparte papelitos a los viajeros que desvían la mirada sentados en el banco de terciopelo azul. Sucio terciopelo.

Ella camina tropezando y sus oscuras manos africanas distribuyen papelitos recortados de revistas. Fragmentos de anuncios. Palabras de entrevistas a estrellas de rock.

Reparte con las deportivas en chanclas y un trozo de pan en la boca. Mastica. El alma vapuleada.

Luego, pasa de nuevo y los recoge.

No pide plata.

No pide nada.

Flota tropezando entre gente temerosa. No la miran, no la quieren mirar. No la ven.

Por la noche, en un garito for-export para suizos, francesas, chilenos, españolas…

Rodrigo canta en versión rock:

Sal de ahí chivita chivita.

Sal de ahí, de ese lugar.

La vaca no quiere beber el agua.

El agua no quiere apagar el fuego.

El fuego no quiere quemar el palo.

El palo no quiere pegarle al lobo.

El lobo no quiere sacar a la chiva.

La chiva no quiere salir de ahí.

Fede toca el bajo con su camiseta de rayas.

Felipe toca la batería, y el cajón, y la pandereta.

La vida transcurre de manera extraña. Acontece…

Desde que me robaron la cámara Enmanuel y/o Mauro no puedo hacer fotos de estos momentos que se unen formando mi vida.

Besos extraños.

http://www.youtube.com/watch?v=y3h9M55iN9U