Humano inhumano vs. humano divino.

El otro día íbamos por Corrientes a las 23:30 y un señor se tropezó con una baldosa mal puesta y se calló de morros al suelo. Se hizo una brecha en la frente, dos en la nariz por fuera y del golpe sangraba también por dentro. O sea, de dentro para afuera, claro. Bueno, un escándalo era eso con tanta sangre y nervios.

La gente pasaba diciendo: “¿Necesitá ayuda? ¿Llamo a una ambulancia?” El caso es que todos se paraban y preguntaban pero nadie se acercaba demasiado. De hecho avanzaban estirando el cuello pero el culo lo sacaban hacia atrás, como en una reverencia servicial, sin prestar servicio. Un hombre de un kiosko llenaba de agua una botella vacía de Sprite y desde lejos le aclaraba la sangre a marchas forzadas pues el líquido rojo salía sin ninguna intención de parar.

Saqué un paquete de pañuelos y agarré por la cabeza a ese señor mientras le presionaba la frente. Mi amigo llamaba a una ambulancia y la gente seguía preguntando desde lejos como si tuviésemos la peste, excepto dos señoras de Mendoza que vinieron a Baires a ver teatro que estuvieron ahí, presentes, tranquilizando. El accidentado me miraba con ojos de estar asustado y sentirse ridículo y me decía: “¡Gracias señorita! No se moleste, váyanse que tendrán muchas cosas que hacer… ¡Gracias! No se preocupen, esto no es nada”. Y sangraba y sangraba… Y yo cambiaba de pañuelo. Entonces él me dijo. “Ahora me dice que le debo de los pañuelitos, señorita, que los está gastando todos…”

Y a mi se me calló el alma de ver a ese hombre que pedía perdón por caerse al suelo y que quería pagar mis pañuelos. Y me preguntaba qué hacen con nosotros las grandes ciudades para que nos individualicemos hasta este punto. En medio de Corrientes un hombre solo se cae en su soledad y siente que ese hecho es una molestia para los demás.

La ambulancia tardó tanto que si fuera un parto ya le habríamos puesto nombre a la criatura. Mientras, a fuerza de presión y pañuelitos, la hemorragia se cortó. Saqué un espejito de la mochila para que el señor viera que no era tanto el asunto, un poco hinchado y tal vez una cicatriz, pero los sesos en su sitio. Y él decía “hasta su espejito me presta… Sos divina”

En la gran ciudad ser humano se ha convertido en divino. Han muerto los dioses y diosas del Olimpo, o tal vez se han ido deprimidos por el panorama bajo las nubes.

Solos en Corrientes buscando humanidad en el asfalto.

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