Mes: enero 2012

El peluche.

Hace unos días salí de un ensayo que me dejó el alma por los suelos. Así volvía a casa, arrastrándola por las baldosas rotas, y al doblar la esquina de mi calle veo un osito de peluche tirado en el suelo. Estaba bocabajo con la marca de un neumático atravesándole el cuerpo. Bien marcado el dibujo en su espalda de pelo sintético.

¡Mira! La representación de lo que siento en este momento. Seguí caminando con la sensación de ser parte de una película que alguna mente macabra escribe y ambienta con metáforas fáciles.

Al llegar a la puerta de mi casa me quedé inmóvil con la llave en la mano mirando la cerradura. Unos segundos largos como horas donde una chica se queda parada delante de una puerta. Alguien le había dado al “pause”.

Play: me giré y miré el osito que ahora me parecía osita. Pausa dramática. Miro alrededor con una extraña sensación de vergüenza. Me sentía entre pordiosera y ladrona: cogía del suelo un trapo roñoso o robaba un peluche a algún niño que lloraba desconsolado pensando en su oso blanco. U osa. Decisión. Digna, caminé con naturalidad y levanté del suelo al ososa como si fuera una acción cotidiana. No levanté sospechas.

Al llegar a casa le preparé un baño de agua caliente y jabón de miel en el lavabo. Lo sequé y lo puse a secar en un lindo lugar de mi balcón. Ahora sé que es una osa, se llama Peque (en honor a una presa de Ventas) y no sé muy bien quién salvó a quien.

Besos blanditos.

Soñando Galeano.

Soñé que conocía a Eduardo Galeano. Estaba en Uruguay, en su casa y él me hablaba con esa lentitud elegante, esas vocales alaaaargaaaaadaaaaas, esa presencia entre seria y amable. Y entonces, no sé cómo, resulta que era un antiguo militar nazi. Se refugió huyendo a América después de la II Guerra Mundial y cambió de ideología. Y él, tan sereno, así lo decía: cambié de forma de ver la vida. Sus ojos transmitían una mezcla de frustración y aceptación. No le gustaba su pasado pero, en fin, era cierto, había sido nazi militante, ¡y activo!

Tenía la mirada triste pero orgullosa, como si sus atrocidades le dolieran, pero su giro ideológico le hiciera sentirse realizado. Y asumía lo que fue y lo que es.

Cosa rara.

Soñé pensamientos contradictorios. Le admiraba por lo que es, le despreciaba por lo que fue. Mis sentimientos oscilaban entre la decepción y la admiración. Un dilema. Ese hombre, con esa calma… y esas cosas que había hecho, con sus manos. No sabía como comportarme. No sabía qué pensar. Me decía a mi misma: ¡no me lo puedo creer! Jamás lo hubiera imaginado… ¡Cuánto te puedes equivocar con las personas! Cuánto piensas que sabes y en realidad ni idea.

Eso soñé. Cosa rara. Y todo fue un sueño, menos mal.

Pero me desperté con muchas preguntas… Preguntas que me gustaron. Sin respuestas pero buenas para ser preguntadas.

Besos inesperados.

Don Ramón, el poeta.

El señor Ramón tenía con su mujer un almacén que en Argentina es como las antiguas tiendas de ultramarinos. Don Manolo tenía un almacén al que iba a comprar Mafalda, por ejemplo.

Al señor Ramón y a su mujer después del corralito no les fue muy bien y tuvieron que cerrar ese almacén. Entonces Ramón decidió cambiar de profesión y se hizo Poeta del Subte: línea D. Se imprimió sus poesías en blanco y negro, les puso dos grapitas y ya tenía el librito. En la portada su foto y el título: “un viaje poético”. Poco a poco aumentó sus ediciones y amplió sus recitales hasta la línea A. ¡Toma ya!

Sentada en el vagón veo aparecer a Ramón con su boina. Es un hombre grandullón que mantiene el paso firme como un torero venciendo así al tiempo que ya pasó por su calva cabeza y su piel arrugada. “Señoras, señores y señoritas. Traigo hoy mi poesía humilde para que la disfruten en el subte. Mi señora y yo teníamos un almacén…” Cuenta su historia entre bromas y guiños. “No soy Benedetti ni Borges, soy un simple poeta del subte que escribe versos de amor que por tan solo dos pesitos pueden llevar a casa y leerlos a la amada, a los nietos, a los abuelos…”

Le compra una chica entre sonrisas tímidas: “¡siempre me compran las más lindas!”, exclama Ramón. Le compro yo y vuelve a repetir la exclamación. Le compran jóvenes y viejos y a todos sonríe y agradece. “Espero que disfruten de la poesía que alimenta el corazón. Que tengan ustedes un buen día.

Como me enseñó mi padre: Besos+versos=bersos.