Mi yaya me enseñó a lavarme las manos

A lo largo de mi vida he descubierto que mi abuela no es sólo la abuela de sus nietos. Es la Yaya, la tía Isa y la abuela de todos.
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Hay personas que son catalizadores de vida, de relaciones, de historias. Sirven de nexo entre las personas y consiguen la unión entre los que la rodean. Por la abuela nos juntábamos los que no nos veíamos en años. Yo conocía las vidas de primos y tíos lejanos, cercanos incluso, porque ella me contaba, nos seguía la pista… y esto nos ha unido con hilos sutiles y profundos. Qué feliz estaba ella en su entierro, con tanta gente querida junta, de cañas por su recuerdo, de tapas a su salud. Con lo que le gustaba a ella un sarao.

Mis amigos que la conocieron la admiran. La Yaya es famosa! Presentársela a alguien era un éxito asegurado. Sorprendía su sentido del humor veloz e inteligente, su apuesta por la libertad y, sobre todo, por el disfrute y la alegría de vivir…

En funeral no era capaz de enumerar las grandes lecciones de vida que me ha dado. Y en noches de insomnio como esta se me desborda el alma; son tantas! Mi abuela me enseñó a secarme las manos. Yo que siempre voy a las carreras y a menudo ni peino, un día vi cómo se lavaba y secaba las manos con la calma de un cirujano y la elegancia de una reina vistiéndose de gala. Pensé que tenía delante a la mujer más sabia de la tierra. Con su descarada coquetería y dedicación le dejaba claro al mundo que tenía todo el tiempo para ella, para vivirlo, para vivir siempre y para siempre. Mi abuela Isabel poseía el secreto de la eterna juventud.

Una vez me acompañó al aeropuerto. Yo me iba a Inglaterra con una beca. Ella me miraba con miedo y emoción, en sus ojos se mezclaba el temor y el orgullo. Y le dijo a mi tía: “yo nací antes de tiempo. Demasiado pronto” Ella era una adelantada, una vanguardista, y como revancha decidió saltarse los relojes y los cumpleaños para ganarle la batalla al tiempo y la guerra a la eternidad. Fresca como la rosa y duradera como la siempreviva. Vivió una larga vida con nosotros y más larga aún en nosotros, los que somos parte de ella. Ojalá cada vez nos parezcamos más a la Yaya porque el mundo es mejor gracias a ella.

Cuando se fue yo estaba lejos, muy lejos. Sentí que se me hundían los cimientos. Mi amigo Fer, que la conoció, me dijo: “quien sabe vivir, sabe morir” Y hasta en eso ha sido un ejemplo regalándonos su última lección de vida.

Buenas noches, yaya. Te quiero!

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One Reply to “Mi yaya me enseñó a lavarme las manos”

  1. Emocionante relato. Real, maravillosamente refleja el espíritu de la Yaya. Quizás a ella le hubiera gustado saber, lo mucho que la admirados y más aun sentirlo.

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