Tango con solera.

La Universidad del Tango de Buenos Aires está en un colegio de primaria lleno de dibujos y letras recortadas en cartulinas de colores. Los pupitres son pequeñitos, las pizarras están escritas con tizas de colores… Aulas que resuenan todavía con gritos agudos y risas aunque sea de noche y los niños se hayan ido.

Cuando me matriculé en Tango Avanzado sabía que sería la más joven de mi clase por décadas y que aprendería a bailar a cambio de que viejecitos seductores de ala ancha sin sombrero me agarraran de la cintura durante 6 horas semanales. Y me gusta la idea.

Lo que no sabía es que me costaría encontrar las clases de canto porque cada uno te manda a un lugar y el aula 13 no está donde figura… Lo que no sabía es que al llegar me encontraría con un grupo de abuelitas cándidas y un abuelo que se pelean por cantar. -¡Qué bonito es Granada!- Eso sí, eso siempre. No sabía que las clases consisten en que Nazareno te acompaña mientras tú cantas los tangos que eliges a la buena de dios, con minúscula. – ¿Y cómo es Granada? ¡Qué lindo!- Seguían exclamando las señoras embelesadas con los ojos de mis amigos, uno de Madrid y otro de Cádiz. -Sí, señora, pero nosotros no somos de Granada. Ella, ella es de allí. -¡Pero que hermosa ciudad la vuestra!

Y cantaron siempre anunciando que se encontraban mal de la garganta. Y seguían con Granada en la boca enamoradas de dos apuestos galanes para ellas granadinos.

Besos de madreselva, lindo tango.

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