Belleza justa.

Un día en Argentina encontré una oferta en internet de limpieza de cutis más masaje facial. La compré porque  como yo con mis años cada día estoy más joven,  cada día tengo más granitos sintomáticos de la adolescencia…

El caso es que llamo para reservar y ya en ese momento la señorita amable empieza a enumerarme las “condiciones del cupón” que no vienen especificadas en el cupón en sí mismo. ¿Por qué? Porque se olvidaron de ponerlas. ¿Quién? El universo o dios, que parece que están a demasiadas cosas como para especificar términos en promociones estéticas. Me dice entre otras cosas que no recuerdo:

– La propina no está incluida y es de mínimo 10 pesos

– ¿Masaje? No, vamos, que como te ponemos crema en la cara con las manos, pues eso, un masaje.

Bueno, allá que voy. Local 11 es la puerta.

Al llegar veo que hay local 11A sin cartel y local 11B con el letrero: Abogada seguido del nombre de la colegiada. Toco en el 11A por descarte y se abre la puerta de una tiendecita de recambios de móviles.

– Disculpe, me he equivocado, es que como en el de al lado pone abogada y yo vengo a un tratamiento facial…

– ¡Ah! No, espere, que le abro por la otra puerta.

– ?????

La misma muchacha que me abrió aparece en la puerta de al lado donde, efectivamente, hay lo que viene siendo un despacho de abogado/a.

Mi cara a cuadros irlandeses.

Entro y un cartel me informa: “la propina de mínimo 10 pesos se abona antes de iniciar el tratamiento”. Detrás del amable cartelito hay dos cortinas que vana dar a sendos cubículos con camillas y botes de cremas.

Mi cara a rayas marineras.

Después de una breve conversación donde se trataron temas como lo de la propina antes o después, las condiciones del cupón, la imposibilidad de hacer llamadas desde ese despacho de abogada para hablar con la dueña letrada (mi cara a lunares gitanos)… decido vivir la experiencia para poder contársela a mis nietos, por ejemplo.

Nunca había estado en una camilla limpiándome los poros mientras escuchaba frases tipo: la diligencia del auto patatín, que si alevosía o no, apelar la pena… La mejor parte fue en la que me pusieron la mascarilla: “relájese 10 minutos, quédese tranquila mientras hace efecto la mezcla de aloe vera y rosa mosqueta” Hilo musical de conversación telefónica: alguien se encontraba en el lugar de los hechos o del crimen o con los testigos, no sé. De repente la secretaria que estaba al otro lado del panel de contrachapado se puso a gritar: “¿Qué sucede?… ¿Me escuchás?… ¿Estás bien?… ¿Llamo a la policía? ¡Escucháme! ¿Llamo a la policía?… No, no. Voy a llamar a la policía para que conste… ¿Me oyes? ¿Qué pasa?”

Bueno, así un rato. Mi cara relajadísima color verde mascarilla de justicia.

Ahora, desde la Alpujarra lluviosa y hermosa, recuerdo este episodio y me parece una película que un día vi en algún lugar. ¿Y si hago un corto?

Besos retrospectivos

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