Una mujer entre la gente.

La mujer cansada lleva el pelo sucio y canoso recogido en una coleta escasa. Los ojos de ratoncillo miran detrás de las antiguas gafas. La piel rojiza y curtida por una vida sin cremas solares ni antiarrugas.

Entra en el metro. “Hola, disculpen la molestia. A mi me asusta siempre el subte y los trenes pero yo vengo y trato de estabilisarme y trato de venir siempre. Me asustan estos lugares pero no le culpo a vos. Les pido una moneda porque la vida no me va muy bien. Respeto su desisión. Les pido con respeto porque no estoy robando y respeto su desisión. Les agradesco si me dan una moneda porque no me está yendo muy bien. No temo a la polisía porque no estoy hasiendo nada malo pidiendo unas monedas que ustedes me puedan dar y respeto su desisión. Si tienen alguna pregunta que haserme yo se la contesto. Grasias, grasias.”

Y la mujer camina como puede entre los sudores y los perfumes que se reconcentran en el vagón. La mujer es muy gorda y tiene los tobillos hinchados. La mujer es triste, más triste que la tristeza que entendemos los que la miramos. Está llena de una pena que se imagina, pero que no se entiende.

No puedo dejar de preguntarme dónde está ahora, dónde estará mañana esa mujer a la que la vida no le va muy bien. ¿Qué cenará hoy? ¿Dormirá con pijama?

Besos pobres.

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