El peluche.

Hace unos días salí de un ensayo que me dejó el alma por los suelos. Así volvía a casa, arrastrándola por las baldosas rotas, y al doblar la esquina de mi calle veo un osito de peluche tirado en el suelo. Estaba bocabajo con la marca de un neumático atravesándole el cuerpo. Bien marcado el dibujo en su espalda de pelo sintético.

¡Mira! La representación de lo que siento en este momento. Seguí caminando con la sensación de ser parte de una película que alguna mente macabra escribe y ambienta con metáforas fáciles.

Al llegar a la puerta de mi casa me quedé inmóvil con la llave en la mano mirando la cerradura. Unos segundos largos como horas donde una chica se queda parada delante de una puerta. Alguien le había dado al “pause”.

Play: me giré y miré el osito que ahora me parecía osita. Pausa dramática. Miro alrededor con una extraña sensación de vergüenza. Me sentía entre pordiosera y ladrona: cogía del suelo un trapo roñoso o robaba un peluche a algún niño que lloraba desconsolado pensando en su oso blanco. U osa. Decisión. Digna, caminé con naturalidad y levanté del suelo al ososa como si fuera una acción cotidiana. No levanté sospechas.

Al llegar a casa le preparé un baño de agua caliente y jabón de miel en el lavabo. Lo sequé y lo puse a secar en un lindo lugar de mi balcón. Ahora sé que es una osa, se llama Peque (en honor a una presa de Ventas) y no sé muy bien quién salvó a quien.

Besos blanditos.

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