Don Ramón, el poeta.

El señor Ramón tenía con su mujer un almacén que en Argentina es como las antiguas tiendas de ultramarinos. Don Manolo tenía un almacén al que iba a comprar Mafalda, por ejemplo.

Al señor Ramón y a su mujer después del corralito no les fue muy bien y tuvieron que cerrar ese almacén. Entonces Ramón decidió cambiar de profesión y se hizo Poeta del Subte: línea D. Se imprimió sus poesías en blanco y negro, les puso dos grapitas y ya tenía el librito. En la portada su foto y el título: “un viaje poético”. Poco a poco aumentó sus ediciones y amplió sus recitales hasta la línea A. ¡Toma ya!

Sentada en el vagón veo aparecer a Ramón con su boina. Es un hombre grandullón que mantiene el paso firme como un torero venciendo así al tiempo que ya pasó por su calva cabeza y su piel arrugada. “Señoras, señores y señoritas. Traigo hoy mi poesía humilde para que la disfruten en el subte. Mi señora y yo teníamos un almacén…” Cuenta su historia entre bromas y guiños. “No soy Benedetti ni Borges, soy un simple poeta del subte que escribe versos de amor que por tan solo dos pesitos pueden llevar a casa y leerlos a la amada, a los nietos, a los abuelos…”

Le compra una chica entre sonrisas tímidas: “¡siempre me compran las más lindas!”, exclama Ramón. Le compro yo y vuelve a repetir la exclamación. Le compran jóvenes y viejos y a todos sonríe y agradece. “Espero que disfruten de la poesía que alimenta el corazón. Que tengan ustedes un buen día.

Como me enseñó mi padre: Besos+versos=bersos.

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