Ridícula.

Sauce, un sábado lluvioso hace un bizcocho de semillas de amapola, harina de lino y copos de avena con jengibre, canela y chocolate negro. Se pone una falda negra para desquitarse de la semana de chandal y ensayos, se pinta los labios de rojo a juego con la flor que se planta en la solapa y se va a la fiesta de cumpleaños de Nara, una compañera actriz que celebra su cumpleaños con glamour y elegancia.

23h. Sauce, con una bolsa con la tarta, en la calle solitaria y fría. Se hace pis. Toca el timbre. Responde el novio de Nara.

Yani: ¿Sííí? (dice con voz extrañada)

Sauce: ¡Hola! Soy Sauce.

Pausa.

Yani: ¿Buscas a Nara, no?

 Sauce: Pues claro.

 Yani: Eh… No está.

Sauce: Ja ja ja… Estás de broma, ¿no?

 Silencio. No se oye música por el telefonillo, ni voces, ni nada.

 Yani: No, está en el teatro. Pero espera…

 Sauce: ¡Pero si es su cumpleaños!

 Yani: No. Es el 15 (sábado que viene). Te abro.

 Sauce sube a la casa, la hija de Nara está enferma, Yani cocina espaguetis, ambiente de recogimiento familiar. Se nota que no esperaban visitas.

 Sauce, la Ridícula, va corriendo al baño porque se mea encima y en el camino siente que ha llegado al colmo del mamarrachismo. ¡Qué vergüenza!

 Menos mal que llegó Nara a los 5 minutos y entre las dos, mano a mano y con varios tés para bajarla, las dos se comieron la tarta. Las semillitas de amapola crujían en la boca, los dedos manchados de chocolate, las mejillas de Sauce poco a poco dejaron de estar rojas.

 

 

 

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