Rojo que te quiero rojo.

Vuelvo a casa, es de noche y un calabobos hace visible el aire bajo las luces de lunares de esta ciudad. Al doblar la esquina y entrar en mi calle, larga calle como todas aquí, veo un rastro de sangre a mis pies. Gotitas y gotas no tan titas brillan en el suelo. Las sigo, me siguen, caminamos por la misma acera.

Una cuadra. Otra cuadra. Continúan bajo mis pies, rojas y frescas como si un fantasma moribundo sangrara delante mio y sólo pudiera ver el rastro que deja. No sé cuánto llevan en el suelo, pero la humedad de la noche las mantiene vivas, como recién nacidas de una vena.

Imágenes de dolores y heridas se me vienen a la cabeza. Un sentimiento de angustia me recorre la espalda. No es mucha sangre, pero es un camino largo para ir perdiéndola.

No sé si va o viene. Busco indicios pero no sé leer esta historia. Y me imagino oscuros movimientos en la noche… Se me llena la frente de imágenes violentas.

Llego al portal. La sangre continua. Unos versos de Lorca me asisten:

Dejando un rastro de sangre.

Dejando un rastro de lágrimas.

Temblaban en los tejados farolillos de hojalata

Mil panderos de cristal,

herían la madrugada.

Yo llego a casa, las gotitas siguen su camino… Y ahora, a lo lejos, suena una ambulancia.

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