La Clá.

Metro de Constitución. Hora de la batalla. Millones de personas vienen hacia mi, atraviesan mi camino, me empujan… Soy invisible. Transbordo. Desbordo ira por cada poro de mi piel que aún respira. ¡Cola para bajar al andén! Cola en las escaleras de bajada al andén, en serio. Viene un metro, se vacía. Me empujan de nuevo. Bajo otro escalón. Al fondo se divisa el suelo, se escuchan los trenes. Hay vida más allá de la espera. ¡Hay posibilidad de desplazamiento!

Es increíble; increíble y muy agobiante. En el vagón, una vez dentro, siento miles de cuerpos tan cerca de mi que mis límites se definen por completo. Sudores, olores, malas caras y un movimiento colectivo al son del freno y el acelerador. La masa humana. La masa.

Poco a poco se despeja y en el infierno, de la forma más inesperada, un pedazo de cielo con su estrella. Un señor canta folklore con la guitarra y al acabar todo el mundo aplaude. Colaboren o no de forma material, aplauden, sonríen, le miran, al músico, le miran.

¡Cómo me gusta! Siempre pasa, siempre aplauden. La esperanza de que hay un lugar donde te aplaudirán si vas a cantar.

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