Un océano.

Me apetece escribir sobre el Pato, ese juego nacional de la Argentina donde ocho jugadores (4 por equipo) se pelean por meter un pato en una especie de canasta de baloncesto pero vertical. Bueno, antiguamente era un pato, pero en algún momento decidieron cambiarlo por una pelota con unas cuerdas de cuero alrededor. No sé si tuvo algo que ver la Asociación de Patos Deportistas.

Ese silencio que se crea cuando un jugador se hace con el pato y empieza a galopar hacia la canasta del equipo contrario. Los caballos, orejas hacia atrás, se lanzan detrás o delante, persiguiendo al que se da a la fuga o abalanzándose frontalmente a él… Silencio… Y el suelo retumbando: tu tum, tu tum. ¡Pasan por delante! Ta ta tam, ta ta tam. Brrrff, brrfff, respiran los caballos. Mi corazón en un puño.

Me apetece hablar de ese día en las carreras. Hipódromo de Palermo, edificio de película, correteo nervioso, caballos majestuosos, no hay pamelas, no hay británicos de corte elegante. Gente de la calle, trabajadores, un padre del interior con su hijo pequeño. ¿Por cuál apostaron?- pregunto. Por el sinco- responde. Fer saca fotos a los enanitos subidos a los corceles. Yo me estudio la tabla con los nombres de los caballos, la edad, quienes eran los padres, carreras ganadas… Me creo una ilusión de que controlo algo, la fantasía de que pensando tal vez consiga apostar 3 pesos (algo más de 50 céntimos) al caballo de nombre divertido y gane.

Lo único que ganamos fue una tarde estupenda y divertida donde había más posibilidades de ver a los hermanos Marx en cualquier momento que de ganar 10 euros. “Dale dale, siiiiiii, siiii, aaarrrgghh, uuuhhh, oooooh! ¡El sinco, el sinco!” Ganó el caballo del niño y su padre. Gritos y saltos. Euforia.

Me apetece contar cosas de allá pero estoy aquí, cebando mate con mi termito. Muerta de frío y mira que me he abrigado. Camiseta interior, térmica de cuello alto, jersey de lana de cuello alto también, abrigo forradito… Y en la calle tiritando, con los hombros encogidos y el invierno metido en el alma. ¿Dónde está la pelo-pincho (piscina de plástico poco más grande que una bañera)?

Estoy aquí sin poder deshacer la maleta. La he revuelto para sacar la yerba y así ha quedado en la cama. Pereza de instalarme… Y sin embargo estoy tranquila, segura, en mi espacio. Desde el avión divisé Aranjuez y le dije a Marcelo, el argentino que viajaba a mi lado: “¡mira! Aranjuez! Ya estoy en casa…” Suspiré relajada.

Me vino a buscar Alberto, divino como siempre, y desde que me subí al coche sentí como la tensión de lo desconocido, los nervios de la búsqueda y el esfuerzo por comprender desaparecían. M30, A2, Avenida de América, Paseo del Prado, Atocha, puerta de Toledo… La Latina!

Llegué y respiro. Cargo fuerzas.

Lejos las flores por las esquinas, cerca la fruta barata. Lejos los libros y librerías, cerca los bares de cañas. Lejos, allá, el teatro, la aventura, los autos locos. Acá todo en orden y limpio, semáforos comprensibles, baldosas regulares, caminar con los ojos cerrados…

Entre el aquí y el allá me encuentro, gustosa del rencuentro con mi gente de siempre y recordando a los nuevos que conmigo llevo. Dividida en dos partes. Feliz y melancólica. Respirando la Argentina que traje entre los pliegues de mi carne, respirando la España que siempre me espera.
Llorando movimiento.

Mi grieta: ¡un océano!

Tomando mate…

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