Sauce en la Luna

De entre los bosques de Palermo y el Río de la Plata sale un avión a la Luna. Porque, para quien no lo sepa, en La Tierra hay una Luna. Está en el sur de la Pata-Agónica.

El suelo se estampa de cráteres y dibujos extraños, como los cuadros esos que hay de arena de colores y agua que al girarlos construyen un nuevo paisaje entre desértico y marciano. En esa Luna del Calafate también hay vacas, por supuesto, de las marrones y blancas. Y caballos, liebres grandes, montañas doradas, lagos de color sintético… Claro, ¡es la Luna! Y el color del agua es exactamente como el del detergente de aloe vera para lavar los platos. Como el agua contaminada por algún producto tóxico de una peli tipo Batman. Solo que sin contaminación.

En esta Luna también hay glaciares que rugen y crujen. Desde la distancia los veo desgarrarse con un sentimiento destructivo y sádico… Deseo que se rompan todos los picos para ver de nuevo el espectáculo apocalíptico que anuncia el hundimiento de la tierra bajo las aguas saladas. Y me siento culpable por disfrutar del acontecimiento porque no es nada ecológico este deseo que me entra… En cuanto vuelva a Europa voy a Venecia, que será la primera ciudad en desaparecer.

Dormía en una pensión familiar de una señora donde sólo había viajeros nacionales, dos suizos y yo. Ya estoy cansada del rollito hostel lleno de europeos guays con laptops y Iphones. Así que me quedé en el hostel donde encontré: La familia salteña con la abuela cristiana que intentaba convertirme. La madre que me enseña la receta de las empanadas… y yo compartía mis cereales con la hija de 10 años que me miraba sonriente y dulce. Los muchachos de Resistencia, capital de Chaco, provincia repobre; que con 20 años dejaban los estudios para venir al sur a trabajar reparando barcos. Echaban de menos a su familia que estaba a 3545km. Uno de ellos trabajaba en la encuadernadora de su padre, le encantaba. Se puso a estudiar ingeniería mecánica porque era la manera de no depender de los libros que mandaba la biblioteca o la iglesia, decía. “Pensé que para no ser pobre tenía que producir” Lo que pasa es que, como se fue de casa, no llegaba a fin de mes y aunque iba muy bien en la carrera, quería trabajar una temporada para ahorrar. “Pero yo acabaré la carrera algún día”, decía muy seguro. Me enseñó tres pasos de tango en la cocina. Estaba también el grupo de chicos argentinos que se iban una semana a la montaña de acampada para pescar y luego de trecking, y al glaciar, y ¡a todas partes! Me enseñaron a jugar al truco.

Por allí, en el Perito Moreno, me encontré también a Rafa, el trabajador social  de Lanjarón (¿o era educador?) que también conoce Pitres. ¿Dónde me tengo que ir para salir de mi pueblo?

En esta Luna he montado a caballo, he ido en barco hacia la lengua prehistórica de hielo, he paseado, subido y bajado… Y de la forma más tonta, en un escalón, me he esguinzado. ¡Mierda! ¡Mis clases de danza!

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