Anoche no conocí a Federico Luppi.

Ayer me invitaron a una fiesta y por algún motivo, que no voy a contar pues profundiza en el hecho de que no me entero de nada y me gustaría zanjar ese asunto; yo entendí que conocería a Federico Luppi…

En el coche del tío de un amigo me encuentro en La Panamericana alejándome sospechosamente de Baires dirección a una fiesta de cumpleaños. Pensaba, “Ay! Cómo yo me quiera volver… En mitad de la Panamericana… Ay… Bueno, Sauce, relájate que ya encontrarás la forma.”

Llegamos a un country donde el seguridad no nos dejaba entrar porque le faltaba mi nombre en la lista de puerta. Un country es un barrio privado a las afueras, vigilado y cerrado donde los millonarios se hacen sus mansiones de lujo. Conseguimos pasar el control y se abre un espacio de mansiones de películas y culebrones.

Llegamos a la casa, bueno, casa… Un gran césped bordeado de árboles con un a pedazo de piscina junto a un invernadero, no espera, no es un invernadero, es una sala de fiestas cubierta por si hace frío, y lo hacía. Seguimos: Otro pabellón con una sala de estar y un aseo que por cierto, cuando fui a mear había un chico: “¡ups! Perdón” Cuando el tío sale me hace un gestito con la mano en plan “hay que llamar antes de entrar, mendiga” Y yo le respondo, “es que en España hay una cosa que se llama pestillo” Así, haciendo amigos.

Bueno, seguimos: La casa de revista con un porche de madera acristalado y sofás para quedarse a vivir. Una mesa llena de bebidas y yo, con mi botella de vino en el bolso digo: “Felicidades, he traído vino…” Vergüenza, sí, pero dejando en buena posición a España.

Allí todos levaban encima ropa y complementos por más valor que mi moto, y yo, como me dijeron, o entendí que íbamos a una barbacoa en la casa de campo de Federico, vestida con vaqueros, deportivas y sudadera.

Hay  que decir que las protagonistas de la fiesta, una rubia y una morena inolvidables en todos los sentidos, me copiaron cuando yo, mamarracha perdida, me até en el pelo un globito de estrellas lleno de hidrógeno, en plan Sims. Al rato todas con globito. ¡Ja! Marcando tendencias.

Y por último la torta (tarta) de chocolate y dulce de leche, que cuando el cumpleañero, que era un encanto, por cierto, me preguntó si me gustaba la torta, yo le dije: “ya puedo morirme y dejar este mundo” ¡¡Qué rica estaba!! ¡Ahora voy a intentar digerirla!

Besos millonarios

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